Una familia que creció junto al colegio

Cuando el Dr. Elio Marín recuerda los primeros años de su familia en el barrio, lo hace con una imagen sencilla pero profundamente significativa: su padre, mecánico de autos, que cada primer día de clases pedía permiso en el trabajo para acercarse a darle un beso en la frente antes de entrar a la escuela. “Ese gesto me marcó mucho”, recuerda. “Por eso yo siempre hice lo mismo con mis hijos, incluso cuando ya eran grandes, es una manera de que se sientan queridos, acompañados”.

Con el tiempo, esa forma de vivir la familia se fue entrelazando naturalmente con la vida del colegio. Hoy, después de más de una década, los Marín sienten que la institución forma parte de su propia historia familiar.

Un colegio que se volvió parte de la casa

El vínculo comenzó casi por casualidad. Durante la búsqueda de una vivienda, la dueña de una casa que alquilaban en la zona les comentó que cerca había un colegio. Fue así como conocieron Campoalto y también Las Almenitas, a apenas media cuadra. “Nosotros buscábamos justamente eso: un colegio cerca de la casa. En Japón, donde vivimos varios años por mi trabajo, es muy común que los niños vayan a una escuela del barrio, trajimos un poco esa idea cuando volvimos”, cuenta.

La familia terminó instalándose definitivamente a una cuadra y media del colegio. “Para nosotros siempre fue como una extensión (de la familia), el predio del colegio prácticamente se volvió el patio de nuestra casa, sabíamos que nuestros hijos estaban bien, acompañados”.

Hoy, cinco hijos forman parte de esa historia familiar, junto a su esposa, la señora Rita Noemí Santos. Cuatro de ellos pasaron o pasan por el colegio: José Nicolás (egresado 2019), Juan Enrique (2021), Stella (2024 de Las Almenas), y los menores Tomás Sebastián y Carlos Alejandro, que actualmente continúan en Campoalto.

Formación que trasciende lo académico

A lo largo de los años, el Dr. Marín destaca varios rasgos que, a su juicio, definen la identidad del colegio. Uno de ellos es la formación en valores.

“La caballerosidad es algo que se nota mucho en los egresados, es una marca muy propia de la institución. Cuando vienen amigos de mis hijos a casa, siempre saludan con mucho respeto, con mucha deferencia. Son detalles que dicen mucho”.

También resalta el fuerte sentido de compañerismo que se forma entre los alumnos. “Entre ellos se genera una hermandad muy grande, lo vemos incluso muchos años después: siguen reuniéndose, siguen acompañándose. Ese vínculo permanece”.

Para él, esa formación se sostiene sobre tres pilares fundamentales: disciplina, compañerismo y espíritu de superación. “La disciplina es clave, enseña responsabilidad, compromiso y respeto. Y el compañerismo hace que se acompañen entre ellos, que se apoyen como grupo”, señala.

Abrirse al mundo

Otro aspecto que la familia valora especialmente es la apertura internacional que ofrece la institución. Los tres hijos mayores realizaron experiencias académicas en el extranjero durante su etapa escolar: dos de ellos en Nueva Zelanda y su hija en Estados Unidos. “Es una experiencia muy formativa, a esa edad aprenden a valerse por sí mismos, a cuidar sus cosas, a manejarse en otro entorno. Es un crecimiento enorme”, refiere.

Esa proyección internacional también se refleja en el camino que siguió su hijo mayor, José Nicolás Marín, egresado del colegio, que acaba de culminar sus estudios de Medicina en España, tras superar un exigente proceso de admisión en la Universidad de Navarra, una de las más reconocidas del mundo en el área médica. “Fue un desafío enorme”, recuerda el Dr. Elio. “En un primer momento le dijeron que nunca habían tenido estudiantes de Sudamérica, pero él perseveró, rindió el examen de ingreso y lo logró”, recuerda con emoción.

Hoy, además de haber terminado su carrera, participa activamente en el ámbito académico y forma parte de equipos médicos de alto nivel. “Ver todo lo que ha alcanzado nos llena de orgullo, no porque sea médico, sino por el esfuerzo, la constancia y la madurez que desarrolló”.

Durante sus años de estudio en el exterior, pasó largos periodos lejos de su familia, enfrentando fechas importantes y desafíos personales por su cuenta. “Eso también forma carácter”, afirma.

Una comunidad educativa madura

Después de tantos años acompañando la vida del colegio, el Dr. Marín observa con satisfacción su evolución. “Hoy el colegio tiene un prestigio muy consolidado, es una referencia en lo académico, en lo deportivo, en las competencias científicas, se nota que es una institución que ha madurado y que tiene un nombre propio”.

Entre las experiencias que más recuerda, están también los momentos de comunidad que marcan la vida escolar.

El festejo del Día de la Madre, donde los alumnos bailan con sus mamás, es uno de los más significativos para él. “Es un gesto muy lindo. Los chicos se esfuerzan para homenajear a sus madres y se nota la dedicación de los profesores para preparar ese momento. Son recuerdos que quedan”, expresa.

También menciona con cariño tradiciones como los villancicos y las actividades que fortalecen la vida espiritual de los alumnos.

Mirar hacia adelante

Al pensar en el futuro del colegio, destaca la importancia de seguir cuidando aquello que considera su esencia. “La disciplina, la responsabilidad y el respeto por los docentes son fundamentales. Los profesores deben seguir ocupando su lugar, y los padres debemos acompañar y confiar en esa tarea”, alega el Doctor.

Porque, en definitiva, sostiene que la formación de los hijos es un trabajo compartido entre la familia y el colegio, y cuando ese vínculo funciona, los frutos se ven con el paso de los años. “Nosotros estamos profundamente agradecidos por todo lo que el colegio ha significado para nuestra familia”, concluye.