Breve historia

Una amistad hecha colegio

Pablo nació en Barcelona el 9 de marzo de 1936 y falleció en Asunción, el 5 de agosto de 2006.

En su juventud conoció el mensaje del Opus Dei y descubrió su vocación de Numerario. Decidió comprometerse seriamente en ese proyecto apostólico y por encargo del Fundador, San Josemaría, se trasladó a vivir a Paraguay el 21 de enero de 1962. Lo hizo junto al P. Ramón Taboada, que falleció el 17 de octubre de 2007 y a quien tanto le debemos.

¿A qué vino Pablo? Simplemente, a difundir la semilla del Opus Dei por estas tierras, convencido de la verdad de su mensaje: vivir la fe en medio del mundo; convertir todos los trabajos honestos en ocasión de encuentro Dios; fomentar la búsqueda de la santidad en lo cotidiano.

Estaba lejos, lejísimo de ser y aún de sentirse “misionero”, en el significado canónico de la expresión. Sin embargo, sí que tenía un misión precisa, grande y ancha, como un mar sin orillas.

Llegó envuelto de entusiasmo, con la intención de ganarse la vida con su trabajo profesional de Químico. Y a través de ese trabajo, aportar su esfuerzo para enriquecer la educación de las futuras generaciones.  

¡Y cómo lo hizo de bien! ¡Gracias Pablo!

Entre 1962 y 1982 se dedicó en especial al ámbito universitario. Fue uno de los fundadores de la actual FACEN y desempeñó otras tareas académicas y de investigación. Amaba la ciencia, al tiempo que amaba la verdad completa sobre la condición humana. ¡A cuántos habrá ayudado a acercarse a Dios! ¡A cuántos les habrá devuelto la paz! ¡A cuántos habrá confortado con su oración y su sonrisa!

Vivir aquí entre nosotros supuso para él descubrir la riqueza del alma paraguaya. Pero no se enamoró del “país”, como en teoría: su fina sensibilidad hizo que se dilatasen sus pupilas para un amor concreto y colmado de reciedumbre, de tú a tú.

Por su gran corazón, por su capacidad de alentar y de darse, por su abnegación y sacrificio, Pablo logró entablar muchas amistades. Sabía querer, sabía admirar la peculiaridad irrepetible –imagen de Dios- que porta cada alma, sabía acompañar el cariño con la exigencia oportuna que ayuda a crecer.

Se alegraba al descubrir la bondad de los paraguayos, su amabilidad, su facilidad para acoger y ser hospitalarios, su sentido  de la amistad y la familia. Y advertía que todo aquello podía conectar muy bien con los horizontes de trascendencia y vida cristiana que él procuraba vivir y que había aprendido del mismo Fundador de la Obra.

Así nació Campoalto. Sencillamente, como nace la amistad noble. Con llaneza, cercanía, espontaneidad, sin apuros. El origen del colegio no es otro que la historia de la amistad y la confianza de un educador de alma -un hombre de trabajo apasionado y fe profunda- con algunas familias deseosas de dar a sus hijos lo mejor que pudieran en educación.

Tan simple como esto. Tal como surgieron en todo el mundo colegios similares. Era el empeño de unos papás que, a través de Pablo y motivados por él, conocieron el ideal de la santidad en medio del mundo que difundía San Josemaría y deseaban ese ideal para sus hijos.

Aquellos padres le pidieron a Pablo que ocupe la dirección del colegio y así lo hizo en 1982. Fue un desafío que asumió gustoso, con abnegación alegre y escondido sacrificio, cara a Dios, sabiendo dejar a un lado –con notable generosidad- sus legítimas aspiraciones de desarrollo profesional en el ámbito universitario, donde gozaba de gran prestigio.

Luego de 16 años aceptó con desarmante humildad dejar el oficio directivo y desempeñarse como profesor. Para él, el gobierno era un servicio –tantas veces heroico- hecho por amor a Dios y nada más. Había aprendido del Fundador que “los cargos son cargas, no derechos”, y que no es de buen espíritu desear retenerlos.

En 1999 padeció un infarto que le dejó con vida inconsciente. Con inmenso cariño y desvelos permanentes de familia cristiana le atendieron desde entonces, hasta su fallecimiento en 2006, en el Centro Universitario Ycuá, obra corporativa del Opus Dei.

Fueron centenares quienes pasaron a lo largo de esos 7 años a verle y visitarle. Familiares, padres, profesores, alumnos, ¡tantos amigos!, se sentían removidos y animados a convertirse más de lleno a una vida de fe. ¡Cuánto apostolado callado siguió haciendo Pablo desde su lecho de enfermo! Dios providente, que  le conservó la vida con arreglo a su inescrutable Voluntad, dispuso que continúe haciendo el bien así: desapareciendo, sin ni siquiera darse cuenta.

Al visitarle en su cama de enfermo saltaba a la vista el misterio intocable e insondable de la vida. Aquellos intensos ojos azules cargados de una vivacidad nunca apagada; aquella mirada anhelante; aquellos labios curtidos que fueron vehículo de tantas verdades, aquel cuerpo gastado por el Amor constituían la lección más elocuente de que vale la pena vivir para Dios y los demás.

Y el Señor de la Misericordia, que al decir de San Josemaría se lleva a las almas cuando están “maduras para el Cielo”, pasó un día a recogerle.

Basta asomarse por el colegio un día cualquiera para comprobar –es evidente- que en Pablo se va cumpliendo a la letra aquella invitación del Fundador de la Obra, recogida en el punto 59 de Forja: “Si respondes a la llamada que te ha hecho el Señor, tu vida –¡tu pobre vida!- dejará en la historia de la humanidad un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, eterno y divino”.